¿Existe el “cuerpo ideal” para llegar a número 1 del tenis?

26/02/2016 | Actualidad, Noticias

«Game, set and match: Isner». Con un suspiro de alivio, Mohamed Lahyani pone fin a once horas de partido. Ante los ojos de la Reina de Inglaterra, John Isner desparrama sus doscientos ocho centímetros por la hierba del All England Tennis Club tras ganar el enfrentamiento más largo de la historia. Al otro lado, Nicolas Mahut emplea su último gramo de fuerza en acercarse a la red para fundirse con el de Greensboro en un abrazo de titanes.

Al más alto nivel o en escalas más modestas, el tenis es un deporte muy exigente para el físico. Al mismo tiempo, es una de las disciplinas individuales más abiertas en cuanto al modelo antropométrico que deben presentar quienes lo practican: es posible ser un tenista magnífico desde una gran variedad de características corporales.

Hemos visto a David Ferrer o Lleyton Hewitt competir como bestias con una estatura limitada, basándose en una resistencia envidiable y un tren inferior muy potente. Novak Djokovic o Gaël Monfils asombran por su flexibilidad, mientras que el cuerpo de Nadal es un atlas muscular. Por contra, genios como Wawrinka o Nalbandian podrían ser por su figura parroquianos del bar de la esquina. Gilles Simon parece hecho de alambre. Incluso el tenista más ganador de la historia tiene los brazos finos y aspecto de profesor de matemáticas. Y desde luego, lo que ocurrió aquella tarde de junio en la pista 18 de Wimbledon fue como ver a Shaquille O’Neal ganando una maratón.

En el tenis femenino, Serena Williams barre de la pista a sus rivales apoyada en su potencia sin precedentes, pero no hay que olvidar que la minúscula Henin, con 57 kilos y unas muñecas del grosor de un palo de escoba, la mandó a casa en cuatro Grand Slam y dominó el circuito a mediados de los 2000. Hingis o Steffi habitan el olimpo de la raqueta sin poseer una fuerza destacable.

La eterna pregunta es: ¿existe un físico perfecto para jugar al tenis?

El fisioterapeuta Javier Bravo, de la Clínica Javier Alfonso de fisioterapia científica avanzada, observa en primer lugar una evolución clara de la estatura del tenista: «Un estudio que abarcaba todos los jugadores jóvenes federados de tenis en Estados Unidos desde 1992 evidenció que hay una tendencia clara en apostar por jóvenes cada vez más altos y con un mayor peso. La estatura media de los tenistas top en la ATP es de 185 cm con una desviación de +/- 7 cm. Curiosamente, en otro estudio se evidenció que a partir de 186 cm la influencia de la altura ya no es tan decisiva. Aún así, la técnica es lo más importante: los entrenadores trabajarán los gestos lo máximo posible y por lo tanto los factores incontrolables como la altura del jugador intentarán cribarlos desde pequeños».

Un motivo económico subyace bajo esta realidad. Se estima que el coste de realizar el circuito ATP es de 121.000 dólares anuales. Sólo los ciento treinta primeros del mundo cuentan con los ingresos de premios y patrocinadores suficientes para costearse este gasto, y en muchos casos son las federaciones nacionales las que ponen el dinero. Ello empuja a las federaciones a apostar por “valores seguros”. Los datos lo confirman: Raonic, Dimitrov, Pospisil, Delbonis o Paire son ejemplos de tenistas jóvenes con ese patrón. Y en efecto, en las generaciones venideras, esta inclinación por las alturas parece estar encontrando su punto de equilibrio. De los dieciséis top-100 menores de 24 años, solo Zverev, Kyrgios, Tomic y Sock superan el 1.90, mientras que la mayoría orbitan en torno al 1.85 (estatura que comparten con Nadal y Federer). Los ‘bajitos’ Dzumhur (1.75) y Schwartzman (1.70) representan la excepción a este asentamiento.

En las chicas, la línea es aún más definida: desde hace años, especialmente bajo la influencia de la escuela rusa, prácticamente todas las tenistas que aparecen en la élite rompen la bola y tienen percha de modelo. Para dar cuenta de la planificación existente, Bravo apunta un dato curioso: «Hace tiempo, un trabajo de investigación reveló que en el top-100 femenino, el porcentaje de atrofia del músculo infraespinoso era del 58%, muy superior al de la población normal. Fisionómicamente hablando, es mucho más eficaz realizar un gesto de drive utilizando el músculo rotador interno (los músculos redondo mayor, dorsal ancho o subescapular) que el externo (infraespinoso). No parece casualidad encontrarnos estos porcentajes de ‘abandono’ del infraespinoso».

La preparación física orientada es cada vez más decisiva en el mundo de la raqueta: «Los miembros inferiores de un tenista deben estar muy entrenados, no en base a tener una velocidad máxima, sino al tiempo de reacción y los cambios súbitos de orientación. Para ello, se busca una gran potencia de cuádriceps, mientras que la musculatura isquiosural suele tener un trabajo de resistencia, debido a que trabaja en la postura de servicio. El desarrollo de la coordinación neuromuscular también es crucial».

El hecho peculiar de que el tenis se dispute en distintas superficies tiene mucho peso en el debate. Desde los tiempos en que las raquetas eran de madera, aparecían durante las giras de arcilla aquellos tenistas españoles y sudamericanos con el centro de gravedad bajo, sudorosos y renegridos, a los que Agassi llamaba en sus inicios “ratas de tierra”, y que con su tenacidad obligaban a los impecables anglosajones a mancharse los calcetines. Al mes siguiente, estas termitas insaciables patinaban en la hierba verde y húmeda, condicionadas por ese mismo físico que los hacía temibles en el polvo de ladrillo.

A este respecto, según señala Bravo, la fisionomía crea especialistas: «Por ejemplo, los jugadores más experimentados en tierra batida presentan un pico de flexión de rodilla progresivo en el tiempo, es decir, nunca realizarán movimientos bruscos al ojo humano. Las contracciones musculares de estos jugadores se producen en estiramiento, lo que técnicamente se conoce como una contracción excéntrica. Este tipo de contracciones son mucho más seguras: disminuyen el riesgo de roturas musculares y protegen más las articulaciones. Pero paradójicamente, el sobreentrenamiento en excéntrico acabará sobrecargando los tendones provocando lesiones del rotuliano o el mal denominado codo de tenista».

Al aparecer en escena las lesiones, Bravo precisa: «El tenis lleva la musculatura y los tendones al límite, y ello implica que la línea entre estar apto competitivamente y forzar una sobrecarga sea muy delgada. Las lesiones en tenis varían muchísimo, pero la mayor parte suceden a nivel superior en codo y hombro, y a nivel inferior en tendón rotuliano y ligamento lateral interno de la rodilla. El tendón de Aquiles y la planta del pie también sufren mucho debido al elevado número de impactos. Por el contrario, las lesiones de ligamento cruzado o las roturas fibrilares son muy infrecuentes»

«En resumen»-concluye en broma-«si dos tenistas de idéntico talento y fuerza mental se enfrentasen en un partido, ganaría el jugador que más se acercase al siguiente perfil: 186 cm de altura, rotadores internos más potenciados, entrenamiento elevado en series de velocidad cortas y entrenamiento de fuerza excéntrica»

Algunos claman que el físico nunca podrá sustituir al talento; otros sostienen que el tenis del siglo XXI lo dominarán jugadores con las condiciones ideales para optimizar su juego. Artistas con panza o cyborgs de laboratorio, la batalla está servida.

Texto: Cosme M. Del Olmo (www.puntodebreak.com)